THE LOVE WITCH (Anna Biller, 2016)

142035.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxHay una autoironía que define The love witch. Su predilección por el color rojo sangre y su tendencia a la exhibición carnal, la emparenta por un lado con el cine de terror y la sexploitation de los años 70. Pero por otro, le da la vuelta a esos relatos construidos bajo una mirada masculina, al mismo tiempo que reproduce ese tono paródico tan presente en las películas exuberantes de Russ Meyer. En Up! (Megavixens, 1976) ya nos advertían: “Esto no es un cuento de hadas”. Elaine, la protagonista de The love witch, sin embargo, sigue soñando al principio con un príncipe azul, y hasta la casa que ocupa tiene la fachada de un castillo encantado. Su filosofía de vida parece girar en torno a las necesidades del hombre, cuando en realidad aprovecha para saciarlas y gozar de ellas. Se sabe objeto y comparte la brutalidad de la excitación. Allí donde va, estimula la fantasía e incentiva la líbido, y transforma esa adicción en poder. Su credo: “Si quieres amor, tienes que dar amor”. Su objetivo: que el mundo se rinda a sus pies. Su carta de presentación: espectacular, parecer una diosa, no limitarse a ser una mujer joven y guapa. Y con esa enorme fuerza, renacer como bruja, recuperar el magnetismo de esas primeras protagonistas femeninas que poblaron el cine: las vamps. Un fenómeno que arrancó en 1910 en Dinamarca con Abismo, protagonizada por Asta Nielsen. La creación de Samantha Robinson es también antológica.

196874.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxAnna Biller no delega en nadie más que en ella. Escribe, coproduce, dirige, monta, diseña los decorados, la producción, el vestuario, compone la música… Su visión estética y argumental colma este film, cada encuadre, hasta el extremo de descuidar el ritmo de una historia que tiene una primera media hora de vértigo. Apuesta por la democracia de cuerpos, hay desnudos femeninos y masculinos. Retorna a una época más voluptuosa, cuando el erotismo era una opción. Y propone tres arquetipos de hombre: un intelectual seductor, un marido paciente y un policía gallardo, que Elaine seducirá y reducirá a polvo. Su notable singularidad consiste ser una obra indomable.

359254.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxImposible clasificar este cruce de novela romántica y dialéctica feminista, cuento perverso de brujas con melodrama technicolor. Su magnético anacronismo le sirve para enfrentar la exaltación narcisista del deseo con la objetivación de la mujer, la ideología ancestral con alguna que otra arenga descafeinada, para en definitiva, no ocultar bajo su estética vintage que se trata de una vieja comedia. La mirada aguda de su autora no rinde pleitesía a ninguna de estas ideas, su propósito principal es mostrar la gracia de ser y sentirse mujer, su potencia implacable.

Daniel Gascó

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