PARK  (Sofia Exarchou, 2016)

428137.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxInmediatamente después de haber saboreado la gloria de ser escenario olímpico, Grecia entró en una espiral de decadencia que dura ya 13 años. En principio, Park pasea su mirada por los vestigios que puede dejar no este, sino cualquier país que haya servido de sede. La villa olímpica es ahora un espacio abandonado con las paredes desconchadas, las piscinas sucias, los paneles rotos… Un parque de atracciones mugriento para una juventud ociosa que se dedica a destruir. Pero la crítica política llega hasta ahí, flotando en ese ambiente, porque lo que realmente importa a su directora es acercar la cámara a esos habitantes imberbes. Entonces, allí donde muchos encuentran una conexión evidente, esa desolación del lugar que rima con la desesperanza de estos jóvenes, otros vemos contraste. La crisis, como las políticas de contención o recorte, no son más que un simulacro que atenta contra una realidad que seguirá imparable, aunque sea a costa de desatar su naturaleza más salvaje. Frente a la idea absurda, por artificial, de decrecimiento, un grupo de adolescentes se expresan en Park a través del graznido, el baile, el combate,… La cámara entonces, no se conforma, no se detiene complacida en esa atmósfera destruida tan expresiva y cinematográfica, sino que persigue el primer plano, intenta capturar el rostro de unos personajes salvajes con los que difícilmente empatizamos. Filmar su mirada, los ojos… Lo repitió Ingmar Bergman hasta el final de su vida a sus directores de fotografía: «Para mí, lo fundamental es que se vean los ojos. En los ojos, en la mirada, es dónde todo sucede.»

park-4-1021x580Para desconcierto de muchos, el debut electrizante de Sofia Exarchou ofrece espectáculo antes que narración, aullido en vez de diálogo, pulsión violenta por encima de la razón. Es como si el protagonista de Park hubiese retomado ese trayecto que dejó la adolescente del célebre film de Yorgos Lanthimos tras mutilarse el Canino. Desprovisto de un lenguaje fluido, enfrenta con toda su energía física y gutural un país devaluado, de saldo, ahora punto idóneo para el turisteo de rusos y vikingos. La misma represión agresiva del entorno atenta contra el desarrollo de una sexualidad, muy presente por defecto en un film furioso que, sin dar ninguna explicación, ha borrado la autoridad, la figura paterna. Antes que rendirse, que abstraerse en la pérdida de glorias pasadas, esta nueva directora ofrece una experiencia audiovisual sin concesiones, auténticamente punk.

Daniel Gascó

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