ANIMAL DE COMPAÑÍA / Ray (Carles Torrens, 2016)

 

188664.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxAnimal de compañía es un paso adelante en la trayectoria de Carles Torrens. Su primera media hora es lo más sincero y original que hasta ahora ha filmado. Sin embargo… Del mismo modo que había en Emergo (2011) una deuda evidente con Paranormal Activity (2007) ésta acaba teniéndola, aunque sea en menor grado, con El coleccionista (1965). Y nuevamente el director pierde en cuanto deja de confiar en el relato que tiene entre manos y lo somete a un género. Porque, antes de caer en la clásica carnicería de tantísimas películas de terror, Animal de compañía ha expresado muchísimo mejor todo su horror. La visión que ofrece de una comunidad norteamericana es tan higiénica como sutilmente terrible. Los hectolitros de hemoglobina que saltan en su segunda parte generan apenas un cosquilleo frente a ese retrato ombliguista e intolerante que da en su primer tramo. Lo doloroso de Seth, un joven solitario que trabaja en una perrera, es que se conforme, que  priorice su deber profesional por encima de su sensibilidad. Una situación de partida que podría haber generado un relato magistral, tan despiadado y apabullante como el que lograron Martin Bacigalupo y Carles Torras en Callback (2016).

209630.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxSu radiografía de la crueldad rima con términos como civismo, deber profesional y respeto, este último tan extremo que anula toda posibilidad de contacto. La casualidad, un reencuentro con una chica hermosa del instituto, provoca que Seth tome conciencia de que ya no hay forma humana de aproximarse al prójimo. Al hilo de ello, una conversación atropellada le aporta otra clave: el secreto para obtener un verdadero contacto es interceder, actuar. Un hombre se expresa, no duda. Toma tranquilamente el fruto del deseo y accede a la seducción siguiendo un ritual sencillo, no una épica. Emprende pues un nuevo recorrido que desemboca en un callejón sin salida, un desenlace destarifado con momentos fugaces de brillo, como los que protagoniza un policía sagaz que, misteriosamente, desaparece del relato. O la irrupción sorprendente de una ética del crimen, interesante pero mal desarrollada. Aunque eso sí, el atentado, el rapto, surgen como revulsivo urgente de un mundo profundamente hermético. Quizá la terrible conclusión de este film imperfecto sea que el efecto natural de tanta asepsia es que nos conduce a que acabemos incubando en nuestro interior una psicopatía potencial.

Daniel Gascó

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