RARA (Pepa San Martín, 2016)

041260.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxCosas buenas de este siglo: el panorama familiar está cambiando. Poco a poco, la familia se va abriendo a nuevas posibilidades de unión. Todo un golpe para el órgano más rígido y tradicional. Italia, por ejemplo, se ha dividido a principios de este año por un proyecto de ley, el de la senadora Cirinnà, que reconoce la unión legal de personas del mismo sexo. Chile también parece estar muy lejos de asumir este hecho. Esta ópera prima empieza contraponiendo los dos mundos: el nuevo y el viejo. Una cámara sigue a la niña protagonista por el colegio hasta que se da de bruces con un grupo de compañeros sentados en círculo. Estos la vitorean: “¡Rara! ¡Rara!”. El choque no está nada claro. Ella se mantiene de espaldas todo el trayecto; ellos, aparecen desenfocados. Con este prólogo, la directora del film solicita que presenciemos la historia más allá de que la entendamos. Tal es la ambigüedad de esta obra tan libre como poco maniquea. Como decía Godard en su autorretrato: “es propio de la regla querer la muerte de la excepción”. Y Rara expone con todas sus taras tanto la excepción como la regla.

059999.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxVentajas y desventajas de no ser un producto acartonado o conformista. Rara seduce y descoloca cuando afirma que estar fuera o dentro no importa. Por más que se rebele, el universo de una niña es una cárcel continua. Su movimiento distendido en el colegio, sus conversaciones con su amiga íntima, son sólo tanteos a una libertad aparente, impropia de su edad, apenas 13 años. Demasiado joven para el amor y, desde luego, muy poco madura (nunca se es), para poder escoger entre dos familias reestructuradas. Como ocurría constantemente en el cine de Chantal Akerman, la directora no cesa de reencuadrar. Tanto los espacios interiores como las tomas exteriores están llenas de líneas. Dentro, la protagonista aparece enmarcada por puertas, pasillos; fuera, la vemos, sobre todo, reencuadrada en la ventanilla de un coche. Pese a mostrar un mundo más tolerante, la cámara indica que sólo lo es teóricamente. A nivel práctico, la rigidez sigue siendo una constante. Esta película contrasta personajes desprejuiciados con otros que reclaman fingimiento, que solicitan guardar las formas; muestra un nuevo orden y, seguidamente, la necesidad imperiosa de volver al viejo, aunque sólo sea por estar integrado. En definitiva, un vaivén irresoluble. Esa sentencia prematura del Woody Allen niño de Annie Hall: «El universo se expande», queda aquí contestada por Chavela  Vargas y su “Macorina”: «Y yo sin saber qué hacer».

Daniel Gascó

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