DEMONIOS TUS OJOS (Pedro Aguilera, 2016)

cartelFrente a la necesidad de cortar, sugerir o eludir, se impone a menudo un éxtasis por la imagen, esa curiosidad tan humana de saberlo todo o contemplar sin descanso. Desde los orígenes del cine, hay un sentido perverso en esa herramienta que nos permite mirar por el ojo de la cerradura, meternos debajo de unas sábanas o hurgar en las miserias del vecino. En una película pionera de ficción de los Hermanos Lumière, El regador regado, el bromista que apretaba la manguera era capturado en los márgenes de la imagen y colocado en el centro para que fuésemos testigos de la reprimenda. Frente al arte cinematográfico, que se compone esencialmente de aquello que sucede dentro y fuera de la imagen, hay también un deseo patológico de registrarlo todo, activar el ojo que todo lo ve, poner en marcha una cámara con una batería infinita. En Demonios tus ojos, cuando le preguntan al  protagonista qué tipo de cine realiza, éste responde, no por ser un creador etéreo, sino más bien por evitar etiquetas o no querer escoger: “Indefinible”.

demonios1Pedro Aguilera, autor de este sugerente film, también es un cineasta indefinible. Hay una enorme distancia entre su atractivo debut, La influencia (2007) y éste. Allí dominaba la escasez, la angustia del paso del tiempo, una crisis acuciante que devoraba a la dueña de una tienda situada en una calle perdida y poco transitada.  El personaje principal de Demonios tus ojos vive sin embargo un empacho, inmerso en un torrente inútil de imágenes. Es un hijo natural de esta época orwelliana marcada por la necesidad de engendrar y consumir muchas imágenes. Siete años después de su segunda película  Naufragio, Aguilera conecta ambos extremos con una narración en torno a un cineasta que esnifa la vida sobre la cubierta de Hambre, de Knut Hansum. El héroe sin nombre de aquella novela, quedaba anclado en un círculo vicioso donde las necesidades primarias apenas le dejaban crear, escribir sus artículos. Tenía el estómago tan vacío que, a menudo, se veía obligado a comer el papel untado con las palabras recién escritas. El exceso que, por contra, impera en Demonios tus ojos resulta menos fácil de controlar. En sus peores momentos, la historia que cuenta se manifiesta y  traiciona su misterio. Entonces, los diálogos suenan postizos, las interpretaciones forzadas y las catarsis dramáticas restan vigor a un planteamiento interesante, que sólo recupera su pulso en su desenlace, que no punto final.

 

 Daniel Gascó

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