LA MANO INVISIBLE (David Macián, 2016)

la_mano_invisible-417780179-largeEn un libro excelente sobre Fritz Lang, “El sitio de Viena”, Carlos Losilla comenta la soledad de un plano. El crítico argumenta que la evolución oscura del cine de Lang se traduce, entre otros muchos elementos, por una eliminación progresiva del contraplano en la clásica declaración de amor. En su último film, Los crímenes del Dr. Mabuse (1960), la enamorada entra repentinamente en crisis cuando queda huérfana tras su te quiero. En su debut en el largometraje, David Macián trabaja a fondo la ausencia de una respuesta visual. Pensemos en el cine, en ese IVA subido que se mantiene, la eliminación de subvenciones, y esa porción de público que parece haberse dado a la fuga. Ante semejante situación, un cineasta se pregunta: “¿Hay alguien ahí?”

Trasladado al tema laboral, La mano invisible retrata unos actores ejecutando diversos oficios en un teatro imbuido por una oscuridad densa que protege al público. Entre la representación, las comidas y los descansos, se van intercalando planos de entrevistas de trabajo que recogen sólo la imagen del actor/operario entrevistado. En ambos casos, hay intercambio de voces, no de imágenes. La obra que representa “El trabajo como espectáculo” tiene una duración hiperrealista de 8 horas donde se da cuenta de la jornada laboral, la forma fidedigna en que transcurre su tiempo. Pero, en contra de lo que proponía Andy Warhol en sus películas, popularmente lo cotidiano difícilmente rima con entretenimiento y surgen reacciones cada vez más violentas en el público. La realidad reclama siempre ser manipulada si quiere ser digerida. 

A mediados del s. XVIII, Adam Smith lanzaba su teoría de “la mano invisible”, en la que hablaba de un egoísmo racional que era compatible con la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Según  el economista, el libre albedrío conducía a un bienestar general. La_Mano_Invisible_7_sept_2014_106_de_290Sin embargo, la imagen de la vida  que el cine sugiere de este s. XXI es más bien un espectáculo violento. Parece que prevalece un sentimiento subjetivo, que nadie se mete con su prójimo. Laboralmente, cada uno procede de manera sumisa, atiende a su horario y tan sólo teme perder su puesto de trabajo en tiempos de precariedad económica. David Macián, sin embargo, pone en escena un nudo de relaciones que chirrían al perseguir un objetivo que ha dejado de ser común. El pulso de la sociedad ha progresado de forma paulatinamente desigual en cada una de sus capas. Lo curioso es que ese mismo conflicto que plantea su película, no trascienda en su forma. Este producto se ha realizado en régimen de cooperativa. Lo que significa que cada miembro del equipo ha cedido su trabajo en espera de repartir los posibles beneficios del film. Una prueba más de resistencia, de fe en el medio, que posibilita una película política muy consecuente con este tiempo. 

Daniel Gascó

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