RÍO ARRIBA/ En aumont du fleuve (Marion Hänsel, 2016)

348685.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxRío arriba retoma sin virtuosismos ni ínfulas uno de los grandes interrogantes, de los más bellos que ha dado el cine y, concretamente, la obra de Jean Renoir: “Algún día descubriré a qué mundo pertenezco”. Esa inquietud que expresa un personaje en The River (1951) y el cine no ha cesado de traducirlo en viajes iniciáticos o búsquedas de senderos que conducen al autoconocimiento. Una trama eterna que divide siempre a público y crítica. Mientras una legión cegada por el contenido bosteza y se pronuncia negativamente abanderando la palabra cliché; otros saludamos con curiosidad la forma escogida, esa unión inédita de dos grandes actores naturalistas, como son Olivier Gourmet y Sergi López, inmersos, además, en un paisaje croata poco o nada transitado por las cámaras. La apuesta de su directora, Marion Hänsel, sube cuando los dos protagonistas expresan su escasa elocuencia. Porque si, como ellos adelantan al principio, apenas hablan, nos preguntamos: ¿de qué modo pueden expresarse? Ettore Scola solía contar que escribió todos los diálogos de Le bal (1983), un film donde ningún actor despegaba los labios. “Cada personaje debía t
ener una psicología muy precisa y, para ello, tuve que proporcionarle todas las frases que debía pensar mientras rodábamos”, contaba el cineasta italiano. De todos modos, no importa el ejemplo. Cuando una secuencia se construye sin una sola línea de diálogo, el mejor consejo para el actor es: “Mantente en imagen y no mueras”.

329450.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxLa fuerza de Río arriba es, precisamente, que su misterio no se encuentra en los orígenes, esas raíces paternofiliales que los protagonistas pretenden desentrañar, sino en el propio viaje que comparten. Y no reposa tanto en las imágenes escogidas, como en las palabras no pronunciadas. O, mejor aún, no traducidas. El misterio se haya encerrado en esa palabra humana que no llega. El personaje que encarna Sergi López afirma conocer superficialmente la lengua croata, pero nunca sabremos hasta qué punto es cierto cuando en ningún momento traduce a la gente oriunda, bastante siniestra, que van encontrando. A diferencia de Olivier Gourmet, éste se apoya en el tercer personaje, un perrito que inesperadamente llega a sus manos y le mantiene ocupado. Cuando su papel no debe hablar, lo acaricia, mientras que Gourmet lleva el timón o lidera la expedición. El viaje se completa, por supuesto, en sentido contrario, regresando río abajo. Pero Marion Hänsel renuncia a ponerse profunda, no intenta resolver las cuestiones de identidad y escoge la vía del humor proyectando sobre el espectador, nuevamente sin hacerla explícita, esa gran verdad que todo itinerario depara al final: “Nunca vuelve quien se fue, aunque regrese”.

Daniel Gascó

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