MIMOSAS (Oliver Laxe, 2016)

632996_pEl cielo tiembla y la tierra tiene miedo y los dos ojos no son hermanos. Así se llama un largometraje de Ben Rivers creado a raíz de la filmación de Mimosas. Muestra a Oliver Laxe huyendo de su propio rodaje, abandonando, no sabemos muy bien si sinceramente, esa área marroquí que genera en la mirada occidental cierta incomprensión. En un intento de transmitir sentido, hay en Mimosas un personaje que retorna al principio, narra a sus compañeros la formación del mundo, ese instante en que paradójicamente la Tierra estaba desordenada y vacía, cuando Dios creo al hombre y uno de los ángeles, el futuro diablo, se inclinó cautelosamente para observar cómo depositaba su alma, principal objetivo de sus desmanes. Oliver Laxe divide este movimiento en 3 actos, continúa de alguna manera ese viaje que dejó seis años atrás en su primer largometraje, Todos vós sodes capitáns (2010). Allí un grupo de niños se rebelaba frente a un cineasta despótico, el propio Laxe, siguiendo a un nuevo educador hasta perderse al final de un paisaje. El mismo actor, Shakib, emprende ahora un viaje sin fin al margen de todo sentido, sublimando el límite argumental que propone el film, llevado quizá por esa misma fe que Andrei Tarkovski exponía en su obra. Acompañado además de otros dos guías, como sucedía en Stalker (1979).

mimosas_img-02Detrás de su estructura aristotélica, Mimosas plantea el reto de no saber, a veces incluso no ver, participar de esa misma desorientación espacial que invade a los protagonistas e invitarnos, pese a todo, a continuar el viaje. A cambio, Oliver Laxe, ofrece un periplo metafórico donde un desierto se expone como una caja de resonancia, acompañado siempre de una capa sonora siniestra que irradia amenaza. Siguiendo los mecanismos del cine, un respeto por sus leyes de orientación y una disposición de las imágenes no siempre cronológica, también simbólica, pasamos de la luz a la oscuridad, del calor a la nieve, sin saber muy bien el sentido de sus ritos, el contenido de sus canciones o la peligrosidad del trayecto propuesto, quién es y qué mueve al enemigo. Inclinado,  erguido o arrodillado, poco importa el destino de sus héroes. Para la mirada sensiblemente mística de su director esta meta, si se encuentra, se halla perdida en el infinito. En cualquier caso, Laxe lo sigue teniendo muy claro: frente a la profunda incertidumbre existencial, siempre hay que moverse. La eternidad nos espera.

Daniel Gascó

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