EL PERDIDO (Cristophe Farnarier, 2016)

perdidoEse misticismo que conserva el cine: si no hay cielo, probablemente es que tampoco hay esperanza. El perdido arranca con una imagen rural que elude cualquier firmamento. Todo tierra, soledad, violentada tan sólo por el paso ruidoso de un motorista.

Alguien que, muy pronto descubriremos, es un hombre terminal, una víctima de la desesperación. Sin que nunca sepamos el motivo detectamos una honda herida en su alma, antes de que decida vivir sencilla y aisladamente los días que suceden a una muerte truncada. En un paisaje natural, sin relojes, brújulas, ni cables de conexión, el protagonista se desenvuelve solo, manteniendo un diálogo continuo, para nosotros sordo, con su conciencia. Afortunadamente, el mapa ibérico ofrece muchos refugios: centenares de hectáreas montañosas, bosques insondables, pueblos abandonados… Con esos elementos, Christopher Farnarier construye un sólido relato que lo emparenta con ese raro cine sonoro que confía plenamente en la expresividad de la imagen y prescinde del lenguaje verbal. Una lista exquisita que incluye Kamikaze 1999 (1983), Los conspiradores del placer (1996), Tuvalu (1999) y En la ciudad de Silvia (2007).

perdido_006_referenceInspirada en una historia real, la película destila una enorme pureza. A excepción de unos acordes de guitarra, no hay intromisión. Escuchamos cada lugar, cómo suenan las estaciones y perdemos junto al protagonista la importancia del tiempo. No se trata de un relato épico, no estamos ante un moderno Robinson Crusoe que construye a partir de la nada. Es alguien que se mueve silenciosamente, hurta si es preciso y se separa en tono momento en cuanto escucha algún signo de civilización. Lo que importa es que seamos cómplices, saboreemos su paz interior, o nos activemos ante el periplo curioso y heterogéneo de este protagonista. No pretende, por tanto, que entendamos su soledad escogida, eso queda suspendido en el paisaje, en las posibilidades que la naturaleza ofrece y él aprovecha, las líneas que escribe sobre un papel o esa ensoñación que le envuelve en un momento insospechado del relato. Queda para el espectador la posibilidad de fantasear con esos planos robados o imaginar esos espacios invisibles al que remite cada mirada perdida. Sugerencias que nos deja este valiente film, una obra que nos da plena libertad. Nos invita, sobre todo, a que construyamos nuestro propio relato. Porque en caso de ruptura o radical abandono, ¿en qué puntos podría distanciarse o converger nuestra fuga?

Daniel Gascó

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