ALOYS (Tobias Nölle, 2016)

aloysUna cuestión eterna que lanzaron los surrealistas. Eso que llamamos realidad no se sostiene. Si una gran mayoría de cosas ocurre dentro de nuestra cabeza, ¿por qué las películas insisten en registrar sólo la realidad tangible? Si los movimientos del mundo vienen mecidos por un caprichoso azar, ¿por qué el arte insiste en darle un cierto orden?. El caso es que sigue siendo una excepción, una maniobra temeraria escasamente comercial colocar el objetivo en los márgenes de una determinada mente, sin excluir sus dudas y desvaríos. Muy pocas veces podemos relacionar el objetivo de una cámara con el ojo de la mente. La obra de Luis Buñuel, por supuesto. Eraserhead (1977), la porción más personal de la filmografía de Lynch, y alguno de los memorables pasajes esquizoides del cine de Jan Svankmajer y Guy Maddin. Maestros que nos enseñaron a viajar por el sinsentido.

Aloys es un hombre abandonado a sí mismo, a su genuina forma de relacionarse con su entorno. ¿Está la ciudad desierta o pasea por ella tan sólo a horas intempestivas? Aloys detesta a los humanos y sonríe a los animales. Más allá de su profesión de detective, coloca su mirada tras el objetivo de la cámara mezclando en cada cinta situaciones personales, delirios y material de investigación. Parece haber olvidado cómo funciona su mirada sin esa lente.

Fotograma de la pelicula ALOYS para el ICULT

 

El desafío que plantea este film es el de su propio desequilibrio. Todo aquello que ocurre, y ocupa más de la mitad de metraje, cuando sustraen al protagonista la cámara (su dispositivo visual) y las cintas (su memoria). Entonces, la desubicación se traslada también al espectador. Hay una continuidad extraña entre circunstancias y espacios, y una reiteración de motivos oníricos y reales, sin saber en qué estado se encuentra nuestro protagonista: encerrado en su casa, en las paredes de un sanatorio o perdido en el bosque de sus ensoñaciones. Tácticas de escapismo frente a una realidad  solitaria o despoblada, tan fría como esa secuencia mecánica y deshumanizada del crematorio. Su trama críptica deambula entre una ausencia y una presencia, la de un padre que le dejó la agencia detectivesca y una voz femenina que lo acosa telefónicamente rompiendo su aparente orden, compuesto muchas veces por lugares de tránsito, el ascensor, los pasillos, las escaleras, en definitiva, los “no lugares”. El primero le lega fórmulas de desaparición: “un buen detective debe ser invisible”. Y la segunda, una conciencia renovada del contacto humano.

 

Daniel Gascó

 

 

Anuncios