LA MORT DE LOUIS XIV / LA MUERTE DE LUIS XIV (Albert Serra, 2016)

566613Desde que compitió en el Festival de Cannes, el último film de Albert Serra se ha considerado la oda testamentaria de un determinado cine, muy comprometido con el arte. Una muerte que ya venía inscrita en los labios del actor protagonista, Jean Pierre Léaud, quien lacónicamente en uno de esos monólogos maravillosos de La maman et la putain (1973), decía: “Puede que alguien muy viejo, un anciano, recordará aún y les explicara a los jóvenes que había cines, que se trataba de imágenes que se movían, que hablaban. Y no lo comprenderían”. O Roberto Rossellini, quien daba un giro a su carrera afirmando aquello de “El cine ha muerto. ¡Viva la televisión”, justo en el momento en que presentaba La toma de poder de Luis XIV (1966). Pero más allá de ese eco cinéfilo, Albert Serra da una lección magistral de cine que sucede sin apenas movimiento, que se alimenta de la pintura y, sobre todo, que bebe de las fuentes de la Historia, rompiendo eso sí con una de las lacras que arrastra de siempre el arte cinematográfico: su tratamiento banalizado de la muerte. Algunas excepciones, como Gritos y susurros (1972) de Ingmar Bergman, Hunger (2008) de Steve McQueen y Oktober, November (2013) de Götz Spielmann han mostrado el largo recorrido que antecede al instante supremo en que se apaga la última llama.

louis-xiv-8-570x245Sin perder su potencial expresivo, La muerte de Luis XIV sucede casi toda ella en planos cerrados en torno al monarca, asistido por un séquito fiel de rostros poco lozanos que le miran con preocupación. Acorde con el minimalismo que aplica su director, Jean-Pierre Léaud, inmóvil, es capaz de transmitir con el rostro, los ojos, pero también con la voz. Sus gritos agónicos calan pero vienen acompañados de unas notas de humor: el monarca que clama por un vaso de agua, que luego sólo bebería en copa de cristal. La agonía del rey se confunde con el rostro ajado del actor, que muestra un notorio tic en la mejilla izquierda. Llenar casi dos horas de metraje con la agonía y la decrepitud no parece de antemano una propuesta fácil. Sin embargo, la trama mínima se sublima, adquiere otra dimensión, gracias a su tratamiento del sonido: pájaros, una mosca que revolotea en torno a la pierna enferma, una fiesta…, y la luz, que viaja del crepúsculo a la aurora. Detalles nimios que adquieren protagonismo, que se imponen a los asuntos de la época: la política, los permisos de construcción, las asambleas… La muerte trabaja más deprisa que la medicina. Serra aborda esa batalla perdida con una curiosidad muy bien documentada, mostrando los artilugios y tratamientos de la época: la clásica sangría, un brebaje sospechoso o esas maravillosas lentes oculares que les sirven para adelantar un diagnóstico.

 

Daniel Gascó

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